sábado, 21 de noviembre de 2009

EL INCONSCIENTE Y EL LENGUAJE. Jacques Lacan.

El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. Pero la verdad puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está escrita en otra parte. A saber:
—en los monumentos: y esto es mi cuerpo, es decir el núcleo histérico de la neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje y se descifra como una inscripción que, una vez recogida, puede sin pérdida grave ser destruida;
—en los documentos de archivos también: y son los recuerdos de mi infancia, impenetrables tanto como ellos, cuando no conozco su proveniencia;
—en la evolución semántica: y esto responde al stock y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi vida y a mi carácter;
—en la tradición también, y aún en las leyendas que bajo una forma heroificada vehiculan mi historia;
—en los rastros, finalmente, que conservan inevitablemente las distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi exégesis.
Función y Campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. Escritos 1. 1955

En el sujeto humano, el deseo es realizado en el Otro, por el Otro- en casa del Otro, como dijo el Dr. Pujols-. Es éste el segundo tiempo, el tiempo especular, el momento en que el sujeto ha integrado la forma del yo. Pero sólo pudo integrarla después de un primer juego de báscula, por el cual, precisamente, cambió su yo por ese deseo que ve en el otro. A partir de entonces, el deseo del Otro, que es el deseo del hombre, entra en la mediatización del lenguaje. Es en el Otro, por el Otro, que el deseo es nombrado. Entra en la relación simbólica del yo (je) y el tú, en una relación de reconocimiento recíproco y de trascendencia, en el orden de una ley ya preparada para incluir la historia de cada individuo.
He hablado del Fort y del Da. Se trata de un ejemplo del modo en que el niño entra naturalmente en este juego. Comienza a jugar con el objeto, más exactamente, con el sólo hecho de su presencia y su ausencia. Se trata pues de un objeto transformado, un objeto con función simbólica, un objeto desvitalizado que es ya un signo. Cuando el objeto está cerca el niño lo expulsa, cuando no está allí lo llama. Mediante estos primeros juegos, el objeto pasa, casi de modo natural, al plano del lenguaje. El símbolo emerge y se vuelve más importante que el objeto.

Lo he repetido tantas veces. Si no logran metérselo en la cabeza.

La palabra o el concepto no es, para el ser humano, más que la palabra en su materialidad. Es la cosa misma. No es simplemente una sombra, un soplo, una ilusión virtual de la cosa; es la cosa misma.

Reflexionen un poco en lo real. Porque la palabra elefante existe en la lengua de los hombres, el elefante ha entrado en sus deliberaciones, los hombres pudieron tomar respecto a ellos, incluso antes de tocarlos, resoluciones mucho más decisivas para estos paquidermos que cualquier otra cosa ocurrida en su historia; el cruce de un río o la esterilización natural de un bosque. Sólo con la palabra elefante y el modo en que la utilizan los hombres, les ocurren a los elefantes cosas, favorables o desfavorables, fastas o nefastas, pero de todos modos catastróficas, antes incluso de que se haya alzado hacia ellos un arco o un fusil.

Por otra parte, es evidente, basta con que hable de ellos, para que gracias a la palabra elefante, no sea necesario que estén aquí para que efectivamente estén aquí, y sean más reales que los individuos elefantes contingentes.

Pensar, es sustituir los elefantes por la palabra elefante, y el sol por un redondel. Se dan cuenta que entre esa cosa que fenomenológicamente es el sol- centro de lo que existe en el mundo de las apariencias, unidad de luz- y un redondel hay un abismo. ¿Aún cuando se lo franquease, cuál sería el progreso realizado respecto a la inteligencia animal? Ninguno. Puesto que el sol en tanto que designado por un círculo no vale nada. Sólo vale en la medida en que ese redondel es puesto en relación con otras formalizaciones que entonces constituyen con él esa totalidad simbólica en la cual ocupa él su lugar, en el centro del mundo por ejemplo, o en su periferia, poco importa. El símbolo sólo vale en la medida en que se organiza en un mundo de símbolos.
Hay que comprender esto: ¿por qué, apenas ha sido revelada al sujeto la relación entre las dos situaciones, se produce una transformación completa de la situación analítica? ¿Por qué las mismas palabras se vuelven ahora eficaces, marcando un verdadero progreso en la existencia del sujeto? Intentemos pensar un poco.

La palabra se instituye como tal en la estructura del mundo semántico que es el del lenguaje. La palabra nunca tiene un único sentido ni el vocablo un único empleo. Toda palabra tiene siempre un más allá, sostiene varias funciones, envuelve varios sentidos. Tras lo que dice un discurso está lo que él quiere decir, y tras lo que quiere decir está otro querer decir, y esto nunca terminará a menos que lleguemos a sostener que la palabra tiene una función creadora, y que es ella la que hace surgir la cosa misma, que no es más que el concepto.

Recuerden lo que dice Hegel sobre el concepto: el concepto es el tiempo de la cosa. Ciertamente, el concepto no es la cosa en lo que ella es, por la sencilla razón de que el concepto siempre está allí donde la cosa no está, llega para reemplazar a la cosa, como el elefante que hice entrar el otro día en la sala por intermedio de la palabra elefante. Si esto chocó tanto a algunos de ustedes es porque era evidente que el elefante estaba efectivamente aquí desde el momento en que lo nombramos. ¿Qué es lo que de la cosa puede estar allí? No es su forma, tampoco su realidad, pues, en lo actual, todos los lugares están ocupados. Hegel lo dice con mucha rigurosidad: es el concepto el que hace que la cosa esté allí, aún no estando allí.
Por el momento, sólo quiero, respecto a este tema, abrir una puertecita que algún día franquearemos. Permanezcamos hoy en la fenomenología de la función de la palabra.

Hemos visto que el engaño, como tal, sólo puede sostenerse en función de la verdad, y no sólo de la verdad, sino del progreso de la verdad- que el error es la manifestación habitual de la verdad misma- y, por lo tanto, las vías de la verdad son, por esencia, las vías del error. Me dirán ustedes: ¿cómo detectar entonces en el seno de la palabra el error? Será necesario, o bien la prueba por la experiencia, la confrontación con el objeto; o bien la iluminación de esa verdad interior, objetivo de la dialéctica agustiniana.

Esta objeción no carece de peso. El fundamento mismo de la estructura del lenguaje es el significante, que siempre es material, al que hemos reconocido en el verbum en San Agustín, y el significado. Considerados uno a uno, están en una relación que se presenta como estrictamente arbitraria. No hay mayor razón para llamar a la jirafa, jirafa, y al elefante, elefante, que para llamar a la jirafa, elefante, y al elefante, jirafa. Ninguna razón impide decir que la jirafa tiene una trompa, y que el elefante tiene un cuello demasiado largo. Si dentro del sistema habitualmente utilizado, esto es un error, ese error no puede detectarse, como señala San Agustín, mientras las definiciones no hayan sido planteadas. ¿Hay acaso algo más difícil que plantear las definiciones justas?

No obstante, si ustedes continúan indefinidamente el discurso sobre la jirafa con trompa, y todo lo que dicen se aplica perfectamente al elefante será evidente que, con el nombre de jirafa, están hablando del elefante. Sólo hace falta acordar los términos que están utilizando con los que habitualmente son utilizados. San Agustín lo demuestra a propósito del término perducam. No es esto lo que se llama un error.

El error se demuestra como tal porque, en determinado momento, culmina en una contradicción. Si comencé diciendo que las rosas son plantas que viven generalmente bajo el agua, y resulta luego que permanecí un día entero en un sitio donde había rosas, ya que es evidente que no puedo permanecer un día entero bajo el agua, surge en mi discurso una contradicción que demuestra mi error. En otros términos, en el discurso es la contradicción la que establece la separación entre verdad y error.
De sobra conocen la discusión que persiste acerca de todos los temas y todos los sujetos, planteada con mayor o menor ambigüedad según las formas de acción interhumana de que se trate; conocen también la discordancia manifiesta entre los distintos sistemas simbólicos que ordenan las acciones; los sistemas religioso, jurídico, científico, político. No hay allí superposición ni conjunción de estas referencias; entre ellas hay hiancia, fallas, desgarraduras. No podemos, en consecuencia, concebir el discurso humano como unitario. Toda emisión de palabra está siempre, hasta cierto punto, en una necesidad interna de error. Henos aquí pues conducidos, aparentemente, a un pirronismo histórico que suspende el valor de verdad de todo lo que puede emitir la voz humana, lo suspende a la espera de una futura totalización.

¿Es caso impensable su realización? ¿Después de todo, no podemos concebir el progreso del sistema de las ciencias físicas como el progreso de un único sistema simbólico, alimentado y materializado por las cosas? Por otra parte, a medida que este sistema se perfecciona vemos cómo las cosas se trastornan, se descomponen, se disuelven bajo su presión. El sistema simbólico no es un ropaje pegado a la piel de las cosas, tiene efectos sobre ellas y también sobre la vida humana. Se puede llamar como se quiera a esta conmoción: violación de la naturaleza, transformación de la naturaleza, humanización del planeta.
Escritos Técnicos de Freud. Seminario 1. 1954

De Retazos, de Isabel Prado Misas, Psicoanalista.

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