martes, 9 de febrero de 2010

De Bertha C Ramos. Dos pecados envidiosos.

Dos pecados que habían sido cometidos por la mujer de un sargento, se encontraron casualmente mientras cambiaba el semáforo para cruzar una arteria en medio del corazón. Ambos eran asquerosos, peligrosos, bisexuales, y por supuesto, eran negros. Uno tenía estructura de pigmeo y usaba una vuelta larga de caprichosas perlitas cultivadas en Mallorca. El otro llevaba gafas de jesuita y una gorra colorada y le seducían los tangos y la maldad de los cuarteles militares.
Mucho gusto, Otto.
Encantado, Hugo.
Al principio se midieron con el odio con que se miden los malos. Se olieron y resoplaron. Al rato tuvieron ganas de santiguarse, estaban enamorados. Otto bailó una samba de forma tan celestial, que a Hugo se le extasiaron los deseos de matar y casi desaparece estrangulado por un hilo de ternura. Pero se pararon firmes, como dos malos pecados. Y como eran pavorosos, asquerosos, bisexuales, y por supuesto, eran negros, tuvieron sexo fugaz y masoquista. Eso sí, muy productivo. Al cabo de algunos meses a la mujer del sargento le gustaban generales, coroneles o soldados, tenientes o capitanes, y trincheras y literas y garitas y los baños de la tropa, y las lenguas, y los dedos y fusiles y misiles. Otto y Hugo se sintieron envidiosos.
CuentosdeBCRamos.
Egon Schiele, AutoevidentesII.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...