sábado, 11 de diciembre de 2010

De Bertha C. Ramos. UN LUTERANO.

En el centro de la puerta de su casa, sobre el ojo mágico, un hombre pintó la Rosa de Lutero. Blanca, discretamente pentagonal y depositaria del corazón que conteniendo una cruz, proclama la salvación por la fe en Cristo. Con esto el hombre indicaba a sus vecinos de la Torre de Pompeya cuales eran sus creencias. Él no tenía compromiso de realizar buenas obras, ni obligación de mover la burda silla de ruedas en que su madre agonizaba, tampoco de concurrir a la sarta de bazares que se hacían en el barrio en pro de damnificados,.
Todo lo que le importaba, fuera de aumentar su fe para conseguir la gracia, era la reproducción de sus pericos australianos. Por eso no volvieron a pasar bajo la puerta de esa casa estampitas religiosas, ni propaganda política, ni tarjetas de domicilios, ni atractivos planes de prepago. Era como si la casa no existiera.
El día en que murió la madre del luterano no hubo sobre el cajón ni una mínima corona, ni otra persona distinta al sepulturero; tuvo que enterrarla solo, aunque se sintió a lo largo de la calle cierto espíritu de duelo. Sin embargo, la aflicción fue pasajera. Cuando el hombre regresó del cementerio se detuvo en una tienda a beberse una cerveza, y allí lo oyeron decir que se encontraba contento porque del último cruce de pericos australianos habían nacido pichones de pico atornasolado. La noche estaba avanzada y hacía frío y las cortinas cabeceaban con la brisa como si fueran cometas. 
cuentosdeBCRamos. De La Torre de Pompeya.
Alexei von Jawlensky. The Old Man (yellow beard)

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