domingo, 2 de enero de 2011

Comienzo. Por Bertha C Ramos.

COMIENZO
Por Bertha C Ramos.
Hay unos versos de la música vallenata que cada vez que los oigo me gustan más. Aquellos que dicen “Quiero morirme como mueren los inviernos/ bajo el silencio de una noche veraniega./ Quiero morirme como se muere mi pueblo/ serenamente sin quejarme de esta pena./ Quiero el sepulcro de una noche sin luceros/ luego resucitar para una luna parrandera.”
Y me gustan aún más en este comienzo del 2011 marcado por los estragos de un invierno feroz, y por la incomodidad que causa lo que concluye enmarañado. Me gustan porque en estas circunstancias uno vuelve a escucharlos y encuentra en ellos el testimonio de  la manera que tiene el ser Caribe de trascender las tragedias y los dolores, pero sobre todo, los finales. Los periódicos finales que marcan consecutivamente el curso de la vida y de los cuales hacemos una síntesis cada 365 días como queriendo archivarlos en una carpeta con el membrete de pasado. Los finales que muestran el finalísimo final final que aguarda impávido en un recodo del tiempo. Y mientras transitamos hacia ambos trances, los finales de año y de la vida, el alma queda a veces suspendida, congelada, petrificada, en una especie de examen de conciencia individual y universal, en medio de un balance azaroso en el que revisamos si existe en algún lugar del misterioso mundo alguna cosa que verdaderamente nos pertenezca, si al menos son nuestras las palabras, si tenemos un Dios o un compañero, si los hijos son reales, si los amigos son ciertos. Habitamos por momentos en el reino de las culpas y los arrepentimientos en un intento de purificación vertiginosa, de rectificación  de los actos. Olvidamos que el paso de un año a otro no es sino el indómito transcurrir del tiempo -como la muerte de un invierno en el silencio de una noche veraniega- y no un suceso milagroso que al quiebre de la medianoche conjura la fragilidad de la vida humana o la incertidumbre del destino. Así nos encuentra el año nuevo, inseguros entre ayer y hoy, lo que fue y lo que será, lo cumplido y lo deseado. Y si no fuera porque a esa hora uno se encuentra inmerso en el ritual de la celebración y las doce uvas y la maleta y los agüeros y el desorden redentor, se nos secaría la boca y se nos dilatarían las pupilas ante el miedo de un comienzo que ya viene sentenciado. Es entonces cuando uno recuerda que del corazón de algún iluminado ser Caribe vinculado a la sabiduría cósmica, surgió una frase que dice “quiero el sepulcro de una noche sin luceros/ luego resucitar para una luna parrandera” La aflicción de los finales diluida en la esperanza del futuro, pero además, una esperanza gozadora. La salvadora posición que asume el hombre del Caribe frente al drama de la vida, la auténtica resurrección festiva. Y cuando lo asimilamos ya podemos comenzar el año nuevo. Borrón y cuenta nueva, la inquietud desaparece. Resurgen las ambiciones, nuevamente las palabras significan, se restablecen los dioses, se ennoblece el compañero, los hijos son nuestros bienes, los amigos una suerte.  Todo recobra sentido, se arma mágicamente el rompecabezas. Qué importa si es ilusorio, deseamos resucitar para una luna parrandera y gritamos ¡Feliz Año!
berthicaramos@gmail.com

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