lunes, 27 de agosto de 2012

DONCELLA. Por Bertha C Ramos.


Cuando un hombre ha aprendido a usar los dedos, cada uno de esos dedos es autónomo y preciso. Casi un dios. Tanto, que Lulú del Carpio no quiere nombrar las manos de su esposo con un simple sustantivo porque le parece injusta esa colectividad, y ha puesto nombres paganos a los dedos de acuerdo a su potestad: Enanuco bigarista, el Ojáncano, Yarilo, Dagda y Angus. Claro que él ignora eso; él es simplemente un hombre que sabe poner los dedos al servicio de su esposa con tal grado de destreza, que entre ambos no hay lugar a desencuentros. A veces se han distanciado por tonterías. Porque ella insiste en usar cilantro liso cuando a él le gusta más el rizadito. Pero Lulú finalmente le da gusto y él se asombra de que existan mujeres tan altruistas que complazcan a su hombre en asuntos tan banales. Entonces, la lleva en brazos a la hamaca y deja que sus creativas grandes manos de albañil dibujen sobre su cuerpo figuritas revoltosas, que poco a poco la envuelven en una espiral de fuego y causan breves destellos en sus ojos. Tantos, que Lulú del Carpio tiene fama de doncella mitológica en La Torre de Pompeya.  
Cuentos de Bertha C Ramos. De La Torre de Pompeya.
Obra de Leonel Góngora.

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