martes, 9 de octubre de 2012

EL REVÓLVER. Por Bertha C Ramos.


Con sólo pasar la mano sobre la cacha de nácar del revólver que heredó de su hermano, Pacífico Montalbán olvidó los argumentos con que defendía ardorosamente el cristianismo. Fue después de extender la yarda de terciopelo turquí que envolvía el artefacto y verlo arrogante, manifestando idéntica disposición para la justicia o para la infamia, que comenzó a descreer de la legitimidad de su nombre; de su fe, que reposaba en la primera epístola del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses, capítulo 5, versículos 15 al 24; de las faenas heroicas que tanto glorificaba el Himno de la República, y de la efectividad de los trescientos ochenta artículos de la Constitución Nacional.
A Pacífico Montalbán desde entonces lo persigue el deseo de vaciar la munición sobre algún cuerpo. Al principio pensaba en ladronzuelos y estafadores, en políticos y directivos de la banca, en paramilitares y narcotraficantes, en voraces manejadores de la cultura y en contratistas del Estado. Pero las ganas de estrenarse ese gatillo lo han ido acercando peligrosamente a las simplicidades de su mujer; al gesto dictatorial que proviene de sus dedos índice, a sus palabras retroactivas, a sus convergentes opiniones y al magnífico manejo que le ha dado a sus implantes mamarios.  
Pacífico Montalbán ahora está convencido de que un hombre con un revólver es una especie de clarividente que está obligado a dos cosas: a defender su honra y a descifrar la secreta voluntad del arma y someterse a ella. Espera su hora.   
cuentosdeBCRamos.
El suicida. Edouard Manet, 1877

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