jueves, 30 de agosto de 2012

De Joan Margarit. Te despiertas de noche.

Te despiertas de noche,
evocas rostros, sábanas al viento,
perdidas azoteas de la infancia.
Olvida lo que te ha asustado,
lo que te hace encender la luz de madrugada.
El miedo no es por nadie que desea dejarte
ni por nadie que ahora ya no está.
El miedo es por alguien que jamás
ha estado junto a ti.
Alguien que no está a tiempo de llegar.

DE FOTOGRAFÍAS Y TEXTOS.

"El mejor tema –aquel que no ha sido ni podrá ser nunca lo suficientemente bien explotado en ningún orden de la ficción- es el del hombre a quien no ocurre nada. El hombre que se levanta, pone en paz las líneas de su rostro, se encamina al baño, se pasa la mano por el mentón, hace una mueca de displicencia y empieza a preparar –con los gestos entumecidos de quien no ha subido todavía a la superficie de la vigilia- sus adminículos de afeitar."
De Héctor Rojas Herazo en El héroe común y corriente. Fragmento.
Fotografía: Mauricio Ramírez, Bodh Gaya, India.

De Héctor Rojas Herazo. El deseo.

El deseo es vegetal
pide caminos
aire
quiere temblar en fruto
suspenderse
pide un cuerpo abonable
pide un labio
pide comer y ser comido
quiere
entrabarse y gemir con ramas duras.
Gime por ser
quiere temblar
sentirse
palparse desde dentro
saberse entre las cosas respirando.
Quiere el viento y el ala
quiere el día
quiere el follaje de su fuerza obscura
brillando entre la luz hoja por hoja.
Es vegetal por eso:
por su destino de tiniebla y cielo
porque rompe y emerge
porque sube
porque la muerte sufre con su anhelo.

miércoles, 29 de agosto de 2012

PRESIDENTE Y PRIMERA DAMA. Por Bertha C Ramos.



Hay dos cosas que ofuscan al Presidente de la República: que es un hombre muy bajito, y que todas las mañanas se chorrea con café la solapa del vestido. Para él, que trata obsesivamente de tener bajo control el universo, esas son calamidades que lo sacan de casillas, y los fines de semana se deprime y no se quita la piyama en todo el día, y se encierra a comer pistachos sentado en el inodoro.
La Primera Dama, una mujer muy creyente en las bondades de la lúdica, lo anima a que se distraiga practicando el ajedrez. Al Presidente le crujen las mandíbulas. Le propone practicar el tiro al blanco. Al Presidente las sienes le palpitan. Le despliega los tableros de la Batalla Naval. Al Presidente lo invade un discreto frenesí. Pero es cuando ella le saca del cajón de su nochero el Monopolio, que se alegra y se comporta con auténtico talante de gobernante de una Nación. El Presidente de la República sabe que es el ganador cuando se trata de Monopolio. Lo más extraño es que los lunes, cuando sale apresurado de la casa hacia la sede de Gobierno, tilda a la Primera Dama de terrorista; a ella, una mujer que defiende las bondades de la lúdica. 

Cuentos de Bertha C Ramos.
Obra de Fernando Botero, Presidente y Primera dama. (Díptico)

De Oliverio Girondo. Visita.

No estoy.
No la conozco.
No quiero conocerla.
Me repugna lo hueco,
la afición al misterio,
el culto a la ceniza,
a cuanto se disgrega.
Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme,
ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil,
para lo inhabitado.

Cuando venga a buscarme,
díganle:
"se ha mudado".

De María Koursi. Sensaciones.

Es la imperante demanda soterrada de las sensaciones.
Días raptados en continuos respiros de atonía,
días sin la caída de la expresiva lascivia,
sin los ojos negros del desmayo,
sin la blanca siembra en el apartado conjunto corporal desparramado,
días sin la insoportable arruga de la frente,
sin las rayas sensitivas,
las ofuscantes torsiones de las venas
es el tema de las sensaciones
anidada en pedazos
atracción poética.
Traducción de Guadalupe Flores.

lunes, 27 de agosto de 2012

EL DOMADOR. Por Bertha C Ramos.


A ese hombre siempre lo vieron solo. Solo siempre. Grueso y grave. Un paso detrás de otro, diariamente idéntica ruta. De la casa a la oficina, al casino, a la oficina, a la panadería, a la farmacia, a la casa. Dicen que tenía mujer, que a ella le faltaba un dedo pero le sobraba puntería, y que olía a carne humana y él cargaba con su olor sobre la ropa con la decencia con que cargaba con los años. Verlo parado junto a un semáforo, era como ver una motoniveladora o una gran piedra de amolar. Dicen que en cambio ella parecía una miniatura china, y que cuando discutían a él se le aguaban los ojos. Que le compraba bocadillos y arequipe  porque  el dulce le dilataba las pupilas y la obligaba a recluirse en la penumbra de la alcoba. En ocasiones, él caminaba  con las manos en los bolsillos del pantalón y los labios apretados, y hubo quien aseguró que era porque ella amenazaba con matarse cuando él llegaba silbando o manoteando. Verlo entrar a la casa era como ver encarnarse a una rabia o a un miedo. Mustio siempre. Alto y solo. Cualquier día de un octubre en que no llovió, rompió su ruta habitual y se fue detrás de un circo. Dicen que ahora es domador de fieras. Uno experto. Que verlo reventar el látigo, es como sentir un arrepentimiento o tener un orgasmo. También existe el rumor de que un llanto de mujer raya el silencio de las noches. 
Picasso, Hombre con espada.

MARCIANAS. Por Bertha C Ramos.


A Marte, a una colonia de marcianas, llegó un cirujano plástico proveniente de la Tierra. Marcianas no habían estado interesadas en política o belleza,  en teología o literatura, ni en hombres o soledades, porque quásares, galaxias, nebulosas y neutrinos habían sido hasta entonces sus ligerezas (su hablar paja). Una vez aclimatado, el cirujano abrió una clínica de estética y colgó allí sus diplomas y afiches de Nicole Kidman y Naomi Campbell. Ofreció cera de abejas, sedimentos de manglar, barro negro de Oaxaca, plastilina y silicona. A poco ya parecía un avispero. Marcianas hacían la cola como marcianas y salían transformadas en terrícolas de las mismas que pululan en Dublín o Barranquilla. Unas blancas, otras negras. No hubo puntos intermedios. A poco habían comenzado a segregarse. A poco ya se peleaban por los hombres. A poco ya se miraban los vestidos y sufrían de depresión. Cirujano guardó todo en una caja y se marchó para Saturno. A lo lejos las oyó hablando sandeces, igual que en cualquier esquina de Dublín o Barranquilla. 
Fotografía: Mauricio Ramírez, Ko Phangan, Tailandia.

DONCELLA. Por Bertha C Ramos.


Cuando un hombre ha aprendido a usar los dedos, cada uno de esos dedos es autónomo y preciso. Casi un dios. Tanto, que Lulú del Carpio no quiere nombrar las manos de su esposo con un simple sustantivo porque le parece injusta esa colectividad, y ha puesto nombres paganos a los dedos de acuerdo a su potestad: Enanuco bigarista, el Ojáncano, Yarilo, Dagda y Angus. Claro que él ignora eso; él es simplemente un hombre que sabe poner los dedos al servicio de su esposa con tal grado de destreza, que entre ambos no hay lugar a desencuentros. A veces se han distanciado por tonterías. Porque ella insiste en usar cilantro liso cuando a él le gusta más el rizadito. Pero Lulú finalmente le da gusto y él se asombra de que existan mujeres tan altruistas que complazcan a su hombre en asuntos tan banales. Entonces, la lleva en brazos a la hamaca y deja que sus creativas grandes manos de albañil dibujen sobre su cuerpo figuritas revoltosas, que poco a poco la envuelven en una espiral de fuego y causan breves destellos en sus ojos. Tantos, que Lulú del Carpio tiene fama de doncella mitológica en La Torre de Pompeya.  
Cuentos de Bertha C Ramos. De La Torre de Pompeya.
Obra de Leonel Góngora.

sábado, 25 de agosto de 2012

De Antonio Gamoneda.

Como si te posases en mi corazón y hubiese luz dentro de
mis venas y yo enloqueciese dulcemente; todo es cierto en
tu claridad:
te has posado en mi corazón,
hay luz dentro de mis venas,
he enloquecido dulcemente. 

De Carlos Drummond de Andrade. Ventana.

Tarde dominga tarde
pacificada como los actos definitivos.
Algunas hojas del almendro expiran en degradado rojo.
Otras apenas están naciendo,
verde pulido donde la luz estalla.
El tronco es el mismo
y todas las hojas son la misma antigua
hoja
brotando de su fin
mientras que vorazmente
la vida, sin contraste, me destruye.

De Clifton Ross. Diciembre.

Para Gwen
Es tarde y la noche está callada.
Los carros están estacionados y silentes.
Todo lo que escucho son tus ronquidos.
Me levanto de mi silla donde estaba leyendo
y me arrastro en la cama junto a ti.
Años de oscuridad desaparecen en tus brazos.
Traducción de Alejandro Silva

viernes, 17 de agosto de 2012

De Borges. Lo nuestro.

Amamos lo que no conocemos, lo ya perdido.
El barrio que fue las orillas.
Los antiguos, que ya no pueden defraudarnos, porque son mito y esplendor.
Los seis volúmenes de Schopenhauer, que no acabaremos de leer.
El recuerdo, no la lectura, de la segunda parte del Quijote.
El oriente, que sin duda no existe para el afghano, el persa o el tártaro.
Nuestros mayores, con los que no podríamos conversar durante un cuarto de hora.
Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido.
Los idiomas que apenas desciframos.
Algún verso latino o sajón, que no es otra cosa que un hábito.
Los amigos que no pueden faltarnos, porque se han muerto.
El ilimitado nombre de Shakespeare.
La mujer que está a nuestro lado y que es tan distinta.
El ajedrez y el álgebra, que no sé.

miércoles, 1 de agosto de 2012

De Mario Bojórquez. Similicadencia.

Pero cómo decirme, decirte, decirles,
que tengo, tienes, tienen, los ojos entornados,
si al final de los ojos, guardo, guardas, guardan,
la almendra de los días y los rotos veranos.

Pero cómo callarme, callarte, callarles,
estos silencios suyos, tuyos, míos,
si en mis, tus, sus, ojos, hay palomas abiertas
sobre campos de sangre, que yo, tú, ellos,
                                               miran,
                                                         miras,
                                                                   miro,
De El rayo y la memoria.

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