domingo, 3 de marzo de 2013

De Bertha C Ramos. CARA LARGA.


Una cara estirada es una cara que se ensancha porque se le van pegando pedacitos de sucesos. Es el caso de Manuel. La tiene tan larga y seria que la brisa juguetona de febrero no le arrima, y como Manuel es moreno, parece que sostuviera sobre el cuello un gigantesco pedazo de cartón corrugado. Y no se trata de que él sea malgeniado, ni de que tenga el semblante funerario que distingue a la gente bruta; Manuel, como todo hombre, se precia de inteligente, y consigue elaborar buenas ideas a punta de convicciones. Lo que sucede es que su esposa nació con dones de poetisa, y cada vez que abre la boca dice frases tan certeras que Manuel queda perplejo. Y es que no hay en el mundo quien sepa tanto de los hombres como lo saben sus mujeres, pero lo más estremecedor no es aquello que ellas dicen; sino aquello que se callan y que aún con su talento ellos nunca llegarán a comprender.
Un Miércoles de Ceniza estaban en la Oficina de Correo comprando unas estampillas, y a Manuel, que por cautela cuando va con su mujer trata de permanecer callado, se le ocurrió condolerse de la suerte de Galileo Galilei. La poetisa lo miró con extrañeza, le sobó repetidas veces la cabeza y le dijo: no importa si la que gira es la tierra o el que se mueve es el sol mientras la madre de uno sea una mujer decente, y la mamá de Galileo sí lo fue. Tras haberle dicho esto lo tomó firmemente de la mano y lo sacó con apuro de la oficina postal. En La Torre de Pompeya los vieron llegar juntitos, la poetisa iba enfrascada en un discurso interminable y Manuel saludaba a todo el mundo con finura y cara larga, se diría que muchísimo más larga.
cuentosdeBCRamos.
El Miedo, de Oswaldo Guayasamín 

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