lunes, 1 de abril de 2013

De BERTHA C RAMOS. Ella y El cualquier día de noviembre.


Desde la noche anterior llovía. Desde la noche anterior Ella había decidido colgarse del cáncamo de hierro que sostenía el helecho. En medio del zaguán, donde la tropezara Él cuando llegara amanecido. Se colgaría con un lazo de fique que había teñido de rojo y al que puso cascabeles en ambas puntas. Cuando Él la viera, diría que se veía perfecta. Que a pesar de estar un poco pálida, todo en Ella estaba en orden. Decentemente en orden y prudentemente exquisito. El largo de la falda, los botoncitos de nácar ligados a los ojales, y ambos brazos, blancos, bellos, oscilando coordinados a lo largo de su cuerpo. Su diosa siempre esperándolo con el toque de elegancia que Él deseaba. En algún momento, Él tendría un gesto de temor y correría hacia el cuarto con tanta prisa, que al pasar la impulsaría a girar sobre sí misma, enrollándose y desenrollándose con garbo, dando vueltas al compás del tintineo de los cascabeles. El temor pudiera haberse transformado en pánico, pero Él llegaría hasta la cama, y se sabría salvado. Ella le había dejado cada cosa en su lugar. La ropa que se pondría para el funeral, todo acorde, hasta el pañuelo, como le gustaba a Él. También se daría cuenta de que había dejado cerca de la ropa su cajita de analgésicos, su colección de revistas Playboy, y un lazo de fique idéntico al que usara ella, pero teñido de negro. Seguramente entonces, Él regresaría al zaguán y le daría las gracias por su dedicación con una bofetada, como lo había hecho cada mañana de su vida juntos; luego pasaría sus dedos por la línea inexpresiva de su barbilla partida y acaso lloraría unos minutos sobre los pliegues de su falda escocesa. Para entonces, Ella ya sabría si desde esa dimensión era posible escupirle la cara y sorprenderlo.  
cuentosdeBCRamos.
Willem De Kooning, Marilyn Monroe.

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