martes, 22 de octubre de 2013

CAMPANARIO. Por Bertha C Ramos.


Al matrimonio Rebéiz, una pareja de ancianos millonarios que vivía en un piso alto, les quedaba el campanario de una iglesia muy cerca de la ventana del salón principal. De manera que, cuando tañían diariamente las campanitas medianas que invitaban a la misa, ya estaban acostumbrados al temblor de las porcelanas chinas y al vaivén de los jarrones de cerámica francesa. De igual forma, ya se habían adaptado a que las arañas de murano tintinearan con el repique meticuloso de las campanas del Ángelus, y a que se regara el té sobre los platitos de la vajilla Royal Doulton, con los tres golpes enérgicos que, para el toque de almas, daba la campana grande. Pero cuando había un entierro y las campanas repicaban simultáneamente, la casa se estremecía y Don Finito Rebéiz enderezaba la espalda, encendía la chimenea y paraba las orejas. Sólo en aquellos momentos parecía interesarse en las cosas que pasaban por fuera de los fastuosos interiores de su casa. Si el difunto había sido una mujer, al acabarse el rebato dos toques estremecían las callejuelas del barrio; pero si había sido un hombre, tres golpes extraordinarios que salían del campanario desprendían los retoños de los mangos y sacudían el corazón de don Finito, causándole un tic nervioso; un movimiento de hombros con que el cuerpo parecía repetir ya no me importa, que él lograba disipar con medicamentos antialérgicos e infusiones homeopáticas, recostado a la ventana que miraba hacia la torre de la iglesia. El día en que murió la esposa de don Finito el espasmo fue tan fuerte que tuvieron que amarrarlo a su sillón de terciopelo. Ahí estuvo tres semanas tomando Loratadina, tras las cuales insistió en que llamaran a un notario para legar su fortuna a la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, bajo condición de desmontar las estridentes campanas que estaban desintegrando su valiosa colección de mariposas. Desde entonces, en La Torre de Pompeya han olvidado las misas y que la gente se muere. Inclusive Don Finito.

CuentosdeBCRamos De La Torre de Pompeya. 
 Los campanarios de Laón (1911), de R. Delaunay

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