viernes, 1 de noviembre de 2013

De Bertha C Ramos. ABUELA.

A Lavinia, una abuela de esas que se resisten a olvidar que son mujeres, le ha dado por pedir cita en la EPS cada vez que le recuerdan que es abuela. Llegado el día de la consulta, Lavinia pone una begonia roja en la solapa de su sastre y se dirige coquetamente al consultorio, intercalando el traqueteo de sus tacones con los quejidos provenientes de sus vísceras, y los trémulos suspiros que arroja su corazón; y una vez apoltronada en una silla con la misma propiedad con que se sienta en la terraza de su casa, se dispone a conversar y a intercambiar testimonios con todo el que va ingresando a la sala de espera. De tanto haber coincidido con los asiduos usuarios del sistema de salud, decidieron conformar un grupo de integración al que llamaron Sobrevivientes, en el que se puede hablar de enfermedades y todo lo que se dice es confidencial. A veces matan el tiempo comparando sus dolencias y canjeando pastillitas de medicamentos genéricos, al tiempo que se divierten enumerando sus síntomas virulentos. Lavinia les ha mostrado sin aspavientos el anómalo lunar que, como una gota de fango, le mancilló la entrepierna, y ha descrito entusiasmada las virtudes de nacer con un corazón gigante. -En Houston me aseguraron que fue por haberlo usado más de la cuenta- dijo la última vez con cara de abuela buena, y se puso a declamar “Este es mi corazón. Mi enamorado corazón, delirante todavía” de la poetisa barranquillera Meira del Mar. Ese día Lavinia estuvo seductora; más cordial que de costumbre. Tal vez más interesada en las desdichas humanas. Cedió su turno varias veces a lo largo de la tarde. Altruista, como si fuera una voluntaria de la Cruz Roja Colombiana. Sin embargo, con ese cabello lacio y arreglado más bien parecía una ambigua funcionaria de UNICEF. Era ya de noche cuando Lavinia entró al consultorio tan inquieta, que en lugar de utilizar fonendoscopio el médico la auscultó con un amperímetro. Nadie hubiera imaginado que la muerte tenía rostros tan insólitos. Menos ella. Se levantó de la camilla como parándose de la mesa del casino, se enderezó la begonia, y emprendió el regreso a casa sabiendo que ni lunar, ni el corazón, determinarían su hora. 

Bertha C Ramos. De Ligeras historias.
Egon Schiele. Wally in red blouse with raised knees.

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