domingo, 5 de mayo de 2013

De HÉCTOR ROJAS HERAZO. Soledad en domingo.

SOLEDAD EN DOMINGO
Somos días de la semana. De lunes a domingos. Los jueves y los miércoles y los martes y aún esos días que no pertenecen al calendario. Los días, cada uno con su color, con su rostro, con su tibieza y su frío. Cada uno sobre nosotros. Sobre nuestros ojos que conocen de memoria el flujo y reflujo de sus mareas. Pero el domingo es la melancólica bisagra de la semana. Allí se parte en dos. Con suavidad, sin hacer ruido, con la calma de quien cumple un oficio inviolable. El domingo resbala simplemente con los goznes bien engrasados. No pasa. Y tiene un sabor y un color que parece cosa de nunca. Color de muerto presente. Estatua de inutilidad y flacidez. Tal vez sea la propia imagen del engaño. Creemos descansar y no hay tal. Es, por el contrario, un derrumbe, una cobija o una sábana demasiado adherida, un hojear y balbucir y un pedirle a los miembros un poco de conciencia y energía para aventar la pereza porque detrás está el lunes con su ceño duro, férreo, implacable. Ese otro día en el cual verteremos toda la tristeza, toda la monotonía que pasamos en blanco. El lunes, que es un día con conciencia de agiotista, nos pide cuentas y nos exige intereses. Cuenta con nosotros para el castigo.
Pero queremos detenernos en el domingo, hacer nostalgia de ese poco de miel reseca, tan parecida a la sangre de una herida que empieza a cuajar, que nos deja en los labios.
Memorar, una a una, sus horas de sueño, de placidez, de energía voluntariamente convertida en abulia, de la pijama que se resiste a mutarse en traje de calle; de la corbata tirada allí, sobre el espaldar de la primera silla, como un ofidio muerto; que sorprendimos en el duendecillo que habita el closet cuando indagamos, con la puerta levemente entornada, por la camisa o los calcetines que exigen un remiendo.
Espuma del domingo sobre nosotros. Tal vez con su tolvanera invernal o su poquitín de sol cauteloso. Tal vez sin nada. O con las butacas atestadas de esos grandes insectos fantasmales en que se convierten los hombres en la penumbra de un cinematógrafo. O la gangosidad de ese aparato radial que recorre centenares de horas y voces apelmazadas con sólo darle vueltas a un botón. Todo sobra, todo tiene un aire vaga y lánguidamente familiar en un domingo, como si contempláramos el mundo al regreso de una larga enfermedad. Toda la resaca de los días semanales rumora y se atolondra en el porche de la casa. Es la otra semana, la que no deseamos ver entrar como un incómodo visitante. Todos esos días de vibración, de lucha, de agitado decir y recorrer y saludar. ¡Pero si estamos en domingo, por Dios! les gritamos angustiosamente a esos días que pugnan por atravesar nuestro umbral. Dejarnos solos, musitamos después, de espaldas a nosotros mismos, como los toreros en un redondel apretujado. Dejarnos solos.
Quisiéramos despojarnos de piel, de huesos, de ideas. No queremos cosa distinta a este licor que fluye entre nosotros. Y ese ruido moroso, amodorrante, de esta soporífera bisagra que suavemente va juntando –sentimos su dulce musiquilla entre las sienes- las hojas colosales, compactas, estremecedoramente inciertas, de siete días vividos y siete días por vivir. Alguien hará un balance, simplemente por despistar, por hacerle una jugarreta al domingo. Hasta podrá balbucir con cierta timidez: “he sido bueno, me he ganado el descanso, soy un hombre ejemplar”. O, poniendo los ojos en blanco, silabear el recuerdo, el perfume de una mujer a quien se abordó, con toda la timidez que imprimen a su poseedor unos pantalones arrugados, en una calzada por la cual no ha de volver a transitar jamás, absolutamente jamás. O el niño que se asoma tras los cristales a ver, en el butacón de cuero en el que devoramos diariamente nuestra ración de noticias, el humo de nuestro cigarrillo o los tobillos, emergiendo de nuestras pantuflas derrotadas.
En fin, eso o lo otro da lo mismo: la taza humeante, la mujer que, de cuando en cuando, mientras sacude los muebles o parte el pan o pule con un trocito de papel el vidrio de los retratos, nos otorga una mirada o un pensamiento. A nosotros, atestados de domingo hasta más no poder, hasta el hartazgo de cuerpo y alma, hasta la saciedad o la vergüenza. Sí, de domingo. De esas horas que caen tintineantes y monótonas como gotas de agua sobre un tazón colmado de agua. De este domingo que nos va triturando muellemente –al engullir en un solo movimiento la semana vivida y la semana por vivir- en la terrible inocencia de sus mandíbulas.

De BERTHA C RAMOS. Multas.

Fotográfica: imágenes sin fronteras

Comenzó Fotográfica 2013, una muestra que reúne el trabajo de más de 60 fotógrafos del mundo. Este es un abrebocas de las impresionantes obras que se verán en diferentes escenarios de la capital.

 Marja Helander  ‘Mount Palopää’. 

sábado, 4 de mayo de 2013

De BASHÔ.

Quietud:
Los cantos de la cigarra
Penetran en las rocas.

De HÉCTOR ROJAS HERAZO. Verano.

Me iré de mañana
y buscaré un color lila sobre el campo
y me detendré bajo un árbol grande
a contarme,
hasta lograr sumas musicales,
los diez dedos de mi mano.
Y miraré las hormigas royendo un zapato
mientras los saltamontes
fabrican, élitro por élitro,
el zumbido del día.
De Héctor Rojas Herazo en Rostro en la soledad.

De TOMÁS SEGOVIA. Variaciones del contemplador 5.

Oculto en los cultivos del mundo cultivar
Como el jardín de su jardín
Un nido de espesura

Bucear por el vientre de lo dicho
Hasta sumirse en el calor oscuro
Que es vientre de ese vientre
Durar allí donde el lenguaje
No es un sonido es una fiebre.
De Tomás Segovia en Orden del día
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