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jueves, 19 de noviembre de 2020

LA HERIDA. Denise Levertov



 La Herida

Mi árbol
tenía una herida secreta.
No era letal. Y era joven.
Pero una de sus ramas
colgaba marchita.

Fotografía: Bertha C Ramos. Las pantorrillas de mi madre.

miércoles, 11 de febrero de 2015

REFLEXIONES DE UNA MENOR. Lo que guardan los cajones. Por María Camila Ramírez.

(Escrito cuando Camila era una niña)

Si los perros volaran,
las gallinas cantaran,
los patos triunfaran,
¿Qué haríamos nosotros?

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Los árboles verdes,
las gallinas blancas,
las escobas sucias,
y la mala gana.

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Me peino,
me peino,
con el cepillo
con el corazón,
y con un martillo.

***************************
Un siglo son 10 décadas
Un milenio son 10 siglos
¿Cuánto dura nuestra vida?

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Cuando nos caemos nos levantamos,
cuando nos tiramos no.
Si pensamos en algo
No pensamos en una flor.

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Cuando llega la tormenta, cesa la calma,
cuando se va, aparece,
cuando nosotros lloramos, cesa la tranquilidad.

***************************
Los perros son bobos,
los gatos también,
si se rompe un coco,
a mí me va bien.

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And my dad, he was sick
and my friends, they were fake
and my truth was unseen
and my shoes full of dirt.

And my love was unloved,
and my steps, no direction,
and my hands with no one to hold
it was time just to let go.
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El amor desaparece como cuando llega.
Y la calma regresa como cuando se va.

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La rabia entre primas
es como una cuchilla
en la espalda.
Cuando está adentro
de tu cuerpo
es difícil retirarla.

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El fruto del amor no se cultiva en cualquier campo…sino en el campo del alma.

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El sentimiento del amor
es como una culpa perdida,
cuando pierdes el control
no sabes qué hacer.

jueves, 10 de octubre de 2013

NOBEL PARA EL RELATO BREVE: ALICE MUNRO


Manual de uso: Alice Munro. Lo que dicen por ahí sobre Alice Munro por Elena Medel

“Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos”. Así despachó The Vancouver Sun la entonces incipiente carrera de Alice Munro (Ontario, 1931). Había cumplido el sueño de la Woolf: criaba a sus tres hijas y trabajaba en la librería familiar, pero a la hora de la siesta se encerraba en su habitación propia, y mutaba entre Chéjov y el realismo vecino

viernes, 21 de junio de 2013

PERSONAJES DE LA OBRA DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Parque Cultural del Caribe.





OBRAS SELECCIONADAS
El coronel, por María Fernanda González. Bendición Alvarado, por Edison Ramos. Melquiades, por Giovanni Aguilar.

PERSONAJES DE LA OBRA DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Parque Cultural del Caribe.







Melquiades, por Jansell Colorado. Melquiades, por Alejandra Hernández. Melquiades, por Roland Bossio. Anciano, por Oscar Latorre. Sierva María, por Viviana Medeiros. El Coronel, por César Hurtado.

PERSONAJES DE LA OBRA DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Parque Cultural del Caribe.






Margarito Duarte, por Ricardo Correa. La Abuela, Julieth Campillo. Cándida y Abuela, por Alex Pernett. Perro azul, por María Paulina Restrepo. Isabel, por Julio Del Valle. Mama grande, por Néstor Loaiza.

II CÁTEDRA GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
PARQUE CULTURAL DEL CARIBE, BARRANQUILLA.

domingo, 2 de junio de 2013

DE LO QUE HABLA


Hablé del blanco
de la luna;
de las manchas en el blanco
de la luna; de la luz 
que viene de la luna.
Nino de Vita en Nuevos poetas italianos.

DE LO QUE HABLA


Cuando bajé temprano esta mañana, descubrí a la bailarina asiática jugando con las primeras luces del domingo...son las cosas que suceden en las casas...

domingo, 5 de mayo de 2013

De HÉCTOR ROJAS HERAZO. Soledad en domingo.

SOLEDAD EN DOMINGO
Somos días de la semana. De lunes a domingos. Los jueves y los miércoles y los martes y aún esos días que no pertenecen al calendario. Los días, cada uno con su color, con su rostro, con su tibieza y su frío. Cada uno sobre nosotros. Sobre nuestros ojos que conocen de memoria el flujo y reflujo de sus mareas. Pero el domingo es la melancólica bisagra de la semana. Allí se parte en dos. Con suavidad, sin hacer ruido, con la calma de quien cumple un oficio inviolable. El domingo resbala simplemente con los goznes bien engrasados. No pasa. Y tiene un sabor y un color que parece cosa de nunca. Color de muerto presente. Estatua de inutilidad y flacidez. Tal vez sea la propia imagen del engaño. Creemos descansar y no hay tal. Es, por el contrario, un derrumbe, una cobija o una sábana demasiado adherida, un hojear y balbucir y un pedirle a los miembros un poco de conciencia y energía para aventar la pereza porque detrás está el lunes con su ceño duro, férreo, implacable. Ese otro día en el cual verteremos toda la tristeza, toda la monotonía que pasamos en blanco. El lunes, que es un día con conciencia de agiotista, nos pide cuentas y nos exige intereses. Cuenta con nosotros para el castigo.
Pero queremos detenernos en el domingo, hacer nostalgia de ese poco de miel reseca, tan parecida a la sangre de una herida que empieza a cuajar, que nos deja en los labios.
Memorar, una a una, sus horas de sueño, de placidez, de energía voluntariamente convertida en abulia, de la pijama que se resiste a mutarse en traje de calle; de la corbata tirada allí, sobre el espaldar de la primera silla, como un ofidio muerto; que sorprendimos en el duendecillo que habita el closet cuando indagamos, con la puerta levemente entornada, por la camisa o los calcetines que exigen un remiendo.
Espuma del domingo sobre nosotros. Tal vez con su tolvanera invernal o su poquitín de sol cauteloso. Tal vez sin nada. O con las butacas atestadas de esos grandes insectos fantasmales en que se convierten los hombres en la penumbra de un cinematógrafo. O la gangosidad de ese aparato radial que recorre centenares de horas y voces apelmazadas con sólo darle vueltas a un botón. Todo sobra, todo tiene un aire vaga y lánguidamente familiar en un domingo, como si contempláramos el mundo al regreso de una larga enfermedad. Toda la resaca de los días semanales rumora y se atolondra en el porche de la casa. Es la otra semana, la que no deseamos ver entrar como un incómodo visitante. Todos esos días de vibración, de lucha, de agitado decir y recorrer y saludar. ¡Pero si estamos en domingo, por Dios! les gritamos angustiosamente a esos días que pugnan por atravesar nuestro umbral. Dejarnos solos, musitamos después, de espaldas a nosotros mismos, como los toreros en un redondel apretujado. Dejarnos solos.
Quisiéramos despojarnos de piel, de huesos, de ideas. No queremos cosa distinta a este licor que fluye entre nosotros. Y ese ruido moroso, amodorrante, de esta soporífera bisagra que suavemente va juntando –sentimos su dulce musiquilla entre las sienes- las hojas colosales, compactas, estremecedoramente inciertas, de siete días vividos y siete días por vivir. Alguien hará un balance, simplemente por despistar, por hacerle una jugarreta al domingo. Hasta podrá balbucir con cierta timidez: “he sido bueno, me he ganado el descanso, soy un hombre ejemplar”. O, poniendo los ojos en blanco, silabear el recuerdo, el perfume de una mujer a quien se abordó, con toda la timidez que imprimen a su poseedor unos pantalones arrugados, en una calzada por la cual no ha de volver a transitar jamás, absolutamente jamás. O el niño que se asoma tras los cristales a ver, en el butacón de cuero en el que devoramos diariamente nuestra ración de noticias, el humo de nuestro cigarrillo o los tobillos, emergiendo de nuestras pantuflas derrotadas.
En fin, eso o lo otro da lo mismo: la taza humeante, la mujer que, de cuando en cuando, mientras sacude los muebles o parte el pan o pule con un trocito de papel el vidrio de los retratos, nos otorga una mirada o un pensamiento. A nosotros, atestados de domingo hasta más no poder, hasta el hartazgo de cuerpo y alma, hasta la saciedad o la vergüenza. Sí, de domingo. De esas horas que caen tintineantes y monótonas como gotas de agua sobre un tazón colmado de agua. De este domingo que nos va triturando muellemente –al engullir en un solo movimiento la semana vivida y la semana por vivir- en la terrible inocencia de sus mandíbulas.

miércoles, 24 de abril de 2013

DE LO QUE HABLA.

Pepe Castro y la mirada "severa" de Eduardo Punset ante su objetivo

"Hoy he preparado el set en un apartado del restaurante en el que no estoy acostumbrado a trabajar y donde además tengo algo menos de espacio, pero con ingenio he conseguido un buen montaje y una iluminación perfecta. Aviso a Eduardo y le coloco en un taburete giratorio donde me resultará muy fácil si en algún momento tengo que cambiarle la postura. Quiero un primerísimo plano de su rostro. Disparo algunas fotos, me encanta como ha quedado la luz. Eduardo sonríe frecuentemente y me pregunta si quiero algún cambio en la pose o gestos. Le contesto que lo que busco es una mirada más severa, una que he visto en la mesa varias veces. Lo entiende y casi me atraviesa con ella. ¡ClicK!"

sábado, 23 de febrero de 2013

DE LO QUE HABLA

Fotografía Wendy Hernández. 
En cualquier lugar de Colombia.

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