Lloré. Se volvió húmeda mi espalda,
arrugada mi ropa, se hizo magra mi mano.
Yo quería una piel sobre mis miembros,
que al abrazar tuvieras
lo que busca un abrazo verdadero:
la entrega de una fiera.
Como la nada desarruga
las trincheras de la agonía,
y tras nieve en tormenta el campo
se sosiega y halla su casa,
de algún modo se va arreglando
así, gradual, entre Dios y hombre,
entre ruina y nacer, un diálogo. De János Pilinszky. Budapest1921-1981.