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jueves, 17 de abril de 2014

ADIÓS A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ.

Gabriel García Márquez
El ahogado mas hermoso del mundo
 Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         —Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
         —¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.




miércoles, 13 de junio de 2012

De Tomás González. La luz difícil.

“Es la última vez que como mazorcas asadas y me siento bajo el sol en el Parque Nacional. Muchas cosas verán la luz siempre en mi corazón: este parque; el Central Park; el jardín Botánico de Brooklyn; las esculturas de Rodin del Museo de Brooklyn; el mar de Coney Island; la luz de la Guajira; la luz de Islamorada, en los Cayos; la luz del Medellín de mi infancia; los cerros orientales de Bogotá; el mar de El Farito, en Miami, cuando el huracán aún no le había arrancado los bellísimos pinos australianos que allí había; los cormoranes que se posaban en esos pinos; la sonrisa de Sara; la sonrisa de Venus y de los hijos de Venus; los bancos de peces verdes del East River; los ojos brillantes, inteligentísimos, de Jacobo; la voz musical de James; Debrah toda (es pequeña); los tatuajes de Pablo, nuestro hombrón ilustrado, que es estable como una roca; y los dedos largos de Arturo, tan parecidos a los míos.
           Todo eso, con todo detalle, aquí conmigo."
De Tomás González en La luz difícil.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Gabriel García Márquez: FELIZ CUMPLEAÑOS GABITO!!


EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO: 
"Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación."

miércoles, 19 de octubre de 2011

De Libardo Barros. Ganador del Premio Nacional de Periodismo Revista Semana.

El Carnaval después de la inundación

Por: Libardo Barros E.

Hoy es domingo de carnaval en Soplaviento, como lo es para San Cristóbal, Arenal, Campo de la Cruz, Villa Rosa, Santa Lucía o cualquiera de los pueblos inundados en diciembre pasado por el desbordamiento del Canal del Dique. Sus habitantes están de vuelta después de más de dos meses de ausencia. Hace apenas tres semanas, los pocos que habían llegado se asustaban entre sí como si fuesen fantasmas o ánimas en pena. Y aunque parezca triste, algunas familias se quedaron en otros pueblos. Pero el agua no es más terca que nosotros, dijo alguien. Ya está la fiesta, el disfraz, el baile y esta felicidad a borbotones que los congrega.

Hace dos años Guillermo Orozco, el bailador más gracioso de la danza de negros de Soplaviento, se reponía de una operación a corazón abierto. Había perdido veinte kilos de peso. Cuando se sintió recuperado, la creciente de este diciembre lo puso a prueba otra vez. Pero al fin llegó el carnaval, y aunque no hace los mismos recorridos de antes, por lo menos festeja y se entusiasma cuando escucha el tambor alegre y canta para sí:
Eh, eh, eh, la rama del tamarindo.
Esa emoción la viví muchas veces en Santa Lucía, Cartagena, Barranquilla o cualquier otra parte a la que fuimos. Es un lujo estar entre esos muchachones blandiendo mi machete de peje sierra. El tambó tocando finito y los versos de Anto animando. Esa música me sofoca cuando la oigo, al costado, atrás o adelante. Hay que hacerlo con gracia si no, no sale bien.

viernes, 29 de julio de 2011

De Borges. El disco.

EL DISCO
J.L. Borges.
Soy leñador. El nombre no importa. La choza en que nací y en la que pronto habré de morir queda al borde del bosque. Del bosque dicen que se alarga hasta el mar que rodea toda la tierra y por el que andan casas de madera iguales a la mía. No sé; nunca lo he visto. Tampoco he visto el otro lado del bosque. Mi hermano mayor, cuando éramos chicos, me hizo jurar que entre los dos talaríamos todo el bosque hasta que no quedara un solo árbol. Mi hermano ha muerto y ahora es otra cosa la que busco y seguiré buscando.

viernes, 18 de junio de 2010

Adiós Saramago.

En la isla a veces habitada de lo que somos, hay noches, mañanas y madrugadas en que no necesitamos morir.
En ese momento sabemos todo lo que fue y será.
El mundo se nos aparece explicado definitivamente y entra en nosotros una gran serenidad, y se dicen las palabras que la significan.
Levantamos un puñado de tierra y la apretamos en las manos. Con dulzura.
Allí está toda la verdad soportable: el contorno, la voluntad y los límites.
Podemos en ese momento decir que somos libres, con la paz y con la sonrisa de quien se reconoce y viajó alrededor del mundo infatigable, porque mordió el alma hasta sus huesos.
Liberemos sin apuro la tierra donde ocurren milagros como el agua, la piedra y la raíz.
Cada uno de nosotros es en este momento la vida.
Que eso nos baste.

martes, 16 de marzo de 2010

De Silvio Rodríguez, La maza. ¿Democracia en Colombia?

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">Si no creyera en la locura
de la garganta del sinsonte,
si no creyera que en el monte
se esconde el trino y la pavura...
Si no creyera en la balanza,
en la razón del equilibrio,
si no creyera en el delirio,
si no creyera en la esperanza...
Si no creyera en lo que agencio,
si no creyera en mi camino.
Si no creyera en mi sonido ,
si no creyera en mi silencio...

lunes, 1 de febrero de 2010

Bye Sister Johanna Cunniffe!

 
"Así pues he hecho que mi vida rodara
Dentro y fuera, reclinando, erguido
¿Y qué es todo? ¿Y qué es todo?
El redoble de un tambor
Un golpe de trompeta
Nada más."

Musō Soseki, (1275 - 20 de octubre, 1351) Monje budista de la escuela Rinzai del zen.

jueves, 14 de enero de 2010

De Franz Kafka. Volviendo a casa.

Después de la tormenta, el aire adopta una tremenda fuerza de convicción.
Entonces es cuando mis méritos aparecen y se enseñorean de mí, sin que yo les oponga resistencia. Yo sólo voy por la calle, al ritmo de esta estrecha calle, del propio barrio. Soy absolutamente consciente de todo golpe que se da contra las puertas o sobre las mesas, de toda copa que se alza para brindar, de quienes se aman en sus lechos, en sus casas o en los burdeles.
Comparando mi porvenir con mi pasado, a ambos los encuentro brillantes: a ninguno de los dos puedo hallar mejor que el otro, y no tengo más remedio que condenar la injusticia del destino que me ha favorecido tanto.
Pero al entrar en mi cuarto me encuentro algo cavilante, aunque no descubrí nada que me llamara la atención. Y no es ningún consuelo abrir de par en par la ventana y escuchar la música que sigue sonando en un jardín.
Franz Kafka, De Parábolas y paradojas.

martes, 5 de enero de 2010

De H.G. Wells. La puerta en el muro.

LA PUERTA EN EL MURO
Hace menos de tres meses, durante una velada propicia a las confidencias, Lionel Wallace me contó esta historia de La Puerta en el Muro. Y en aquel momento pensé que, en lo que a él concernía, era verídica.
Me la narró con una simplicidad de convicción tan directa, que no pude menos de creerle. Pero a la mañana siguiente, en mi propio departamento, me hallé al despertar en una atmósfera distinta; y mientras tendido en la cama recordaba las cosas que me había relatado, pero desprovistas ahora del encanto de su voz grave y lenta, desvinculadas de la luz del quinqué que caía sobre la mesa, del ámbito de sombras que nos circundaba y de todos aquellos objetos agradables y relucientes -el postre, las copas, la mantelería de la cena que acabábamos de compartir- que constituían un mundo pequeño y brillante, totalmente aislado de las realidades cotidianas, me parecieron francamente increíbles.
-Son invenciones... -me dije, y añadí-: Pero, ¡qué notables!... Jamás lo hubiera imaginado, y menos en él.
Más tarde, mientras sentado en la cama tomaba el té, traté de explicar el sabor a realidad de sus imposibles reminiscencias (era ese sabor a realidad lo que me dejaba perplejo), suponiendo que de algún modo sugerían, mostraban, transmitían (no sé qué palabra utilizar) experiencias que de otra manera era imposible referir.
Pues bien, ya no recurro a esa explicación. Mis dudas se han disipado. Creo ahora, como creí cuando me contó el episodio,

lunes, 4 de enero de 2010

Albert Camus. Publicado en el blog El jinete insomne

"La libertad no consiste en decir cualquier cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa." Albert Camus.
http://eljineteinsomne.blogspot.com/2009/12/albert-camus-la-libertad-consiste-en.html

domingo, 29 de noviembre de 2009

De Borges en la escuela Freudiana de Buenos Aires.


“Y si no creemos en Dios, podemos suponer que todo el pasado nos escribe, que este momento es la cifra escrita por todos nuestros infinitos ayeres, por todo el proceso cósmico anterior, por toda la historia del mundo hasta llegar a nosotros. Ahora somos esa escritura y a su vez seremos causa de otra escritura, que será el momento o los siglos que sucedan a este momento. Yo creo en la fatalidad. No quiero decir que crea en un Dios que lo sepa, que sepa que todo está prefigurado, pero no creo en el libre albedrío. Cada instante nuestro está determinado por toda nuestra vida anterior y ¿por qué no?, por toda la historia universal anterior o por todo el proceso cósmico. Creo, sin embargo, que el libre albedrío es una ilusión necesaria. Por ejemplo, si me dicen que yo no tengo libertad para poner sobre la mesa la mano derecha, que necesariamente pondré la izquierda, me rebelo ante esa idea; pero una vez he puesto la mano derecha, acepto que no ponerla hubiera sido del todo imposible, que eso está tan prefijado como el curso de las naciones, la guerra, todo lo que sucede, en fin. Yo acepto eso en lo que se refiere al pasado, que toda mi vida ha sido prefijada; pero para seguir obrando necesito creer en el libre albedrío. Necesito creer, por ejemplo, que puedo elegir entre ”vocablo” y “palabra”, aunque realmente, una vez que he dicho una de las dos, sé que era fatal que la dijera; pero necesito la ilusión del libre albedrío para seguir viviendo, porque nada importa que toda mi vida haya sido un esclavo si me siento libre ahora, si en este momento gozo de esa libertad, tal vez ilusoria, del libre albedrío”.
Borges, El poeta y la escritura, pág. 119. Del libro Borges en la escuela Freudiana de Buenos Aires.
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